Sobre lo postvacacional y otras hierbas

Hablamos mucho éstos días de la vuelta a la rutina, de lo postvacacional y según se comenta, existen personas que manifiestan una sintomatología específica asociada a la vuelta de vacaciones:

Tristeza, irritabilidad, desánimo, nerviosismo, cansancio, angustia, ansiedad, puede que problemas de estómago e insomnio.

Leídos en frío, no son nada despreciables. La causa principal de todo ésto se supone que es el fin de las vacaciones y la vuelta a la rutina, a nuestras jornadas laborales e obligaciones.

Vaya por delante, apreciado/a lector/a, que a mí me encanta mi trabajo y dirigirme a ti, pero sí, estoy experimentando cierto malestar al escribir éstas líneas y he ido postponiendo éste artículo, por ejemplo. Pero no tengo nada que justifique una visita al médico: lo que me ocurre es una gran, enorme, tremendísima PEREZA. La pereza no es un síndrome. Es una reacción humanísima y sana que, mientras no podamos saltarnos nuestras obligaciones, combatiremos en un principio con enfado o bien tristeza para al final (en condiciones normales) aceptar con ello que llamamos resignación. Aceptar la resignación tampoco es patológico. De momento, tal como tenemos montada la economía y la vida, forma parte de la cosa del vivir.

Yendo al grano: así de entrada, decir que tenemos malestar clínico por volver de vacaciones es un invento, comparable al del Blue Monday. Un síndrome o una depresión por un hecho cíclico y cotidiano como es volver a la actividad (o al colegio) es un invento. En condiciones normales, es así.

Dicho ésto,  quisiera compartir algunas reflexiones.

¿Qué implica que des de hace un tiempo cada año oímos la misma canción? ¿Por qué síndrome post vacacional y no post-Navidad, o post-mudanza o post-divorcio (como indica Maria Jesús Giménez)? ¿Y si, más allá de que me da pereza, pasa algo más y lo de la pereza se queda corto?

Alerta, fake news

Como psicóloga, me puede molestar que se dé como malestar psicológico o clínico aquello que no lo es y que por lo tanto más que salud, estemos haciendo fake news. Pero también me preocupa. Porque ésta descripción de síntomas que he puesto al principio mezcla reacciones de malestar de podríamos decir baja intensidad y cotidianos con síntomas clínicos. Se pone en el mismo nivel la tristeza o el cansancio que la angustia y la depresión. Normalmente se nos da consejos a seguir durante un plazo de 3 a 21 días y se nos dice que si no funcionan o se intensifican, vayas al médico o al psicólogo. Es cierto que un nuevo hábito tarda unos días en integrarse y consolidarse. Pero ¿es necesario en un principio porque se ha acabado el verano? Pues depende.

Si una situación forma parte de la vida, como que acaben las vacaciones (si es que las tienes, ojo) las reacciones que se tengan no deberían preocupar. Reacciones de cansancio y pereza son molestas, pero no patológicas. Si tener molestias leves al volver a rutinas cotidianas es síntoma de algo, es de que has estado lo bastante bien como para no querer volver. Eso si las has tenido, insisto, porque por no tener, hay quien no tiene trabajo. -Y con ésto, apreciado/a lector/a, espero espero no transmitirte  un intento de chantaje emocional cutre del estilo “no te quejes, que al menos tienes trabajo”. Si no se tiene y se necesita, éste es un problema de los grandes y nada inventado-.

Aunque hemos de valorar siempre caso por caso, en ocasiones nos escuchamos demasiado: Queremos conseguir resultados inmediatos en todo, que nada represente la más mínima molestia y que todo dependa de nosotros. Nos preocupamos cuando ésto no ocurre y cuando nos encontramos no del todo bien ponemos rápidamente el foco en nosotros mismos y aquello que no hacemos bien. Tranquilidad, repito que es pereza. Seguimos.

He de producir, he de desconectar.

Observo éste bucle repetitivo de exigencia sin salida en el que estamos inmersos:

Produce -> desconecta (descansa, disfruta y aprovecha) -> conecta y adáptate -> Produce. Y seguimos con la siguiente desconexión. Y volvemos a empezar. Y vuelta la burra al trigo.

Tenemos: Desconexiones, descanso de 2 semanas y reconexiones de máximo 3 semanas que permitan después estar como una rosa para encarar el nuevo curso con energía desbordante. Quien lea ésto y tenga criaturillas, sabe que ésto es una quimera.

De hecho muchas, muchísimas familias tienen una doble sensación contradictoria: Por una parte, no sale de dentro el tener ganas de volver al trabajo pero por otra parte sí apetece retomar rutinas y que el cole vuelva a empezar. Porque durante 2 meses se ha tenido que compaginar la necesidad de atender a los críos sin clases con jornadas y obligaciones laborales que no cambian. O también las vacaciones han sido días más intensos en cuanto a familia propia y política con tiempos de convivencia similares a las Navidades. Por lo tanto, desconexión quizás sí, de descanso quizá mejor hablemos otro día.

Quizá algo falla cuando estamos en éstos ciclos de exigencia sin salida. Incluso para descansar. Cada vez es más difícil conseguir estar sin hacer nada. Es un temazo que quizás cierta vida contemplativa es necesaria neurológica y vitalmente. Existen investigaciones que aseguran que la dolce far niente (el dulce no-hacer-nada) es bueno para la salud y no solo en vacaciones, pero -también- lo dejo para otro día y otro escrito.

Si existe, ¿cuál es el problema real?

Yo me pregunto: ¿Deberíamos de poder adaptarnos en 15 o 21 días a situaciones que nos provocan insomnio, angustia, ansiedad, migrañas y malestar gástrico? ¿Qué pasa en el lugar de trabajo o en la vida que volver provoca ésto? Y si no podemos adaptarnos, ¿el problema somos solo nosotros/as? ¿No sabemos bastante? ¿No tenemos bastante automotivación? ¿No sabemos organizarnos lo bastante bien el tiempo y somos conscientes de ello? ¿No somos lo bastante productivos? ¿No somos resilientes? ¿No tenemos bastante actitud positiva? ¿No somos lo bastante optimistas?

En muchas ocasiones lo que nos encontramos en las consultas son situaciones como: tener un sueldo bajo, o quizás mucho estrés por sobreexigencia o un horario que no permite ninguna conciliación con la vida familiar de calidad o tener éste espacio personal (necesario) que siempre recomendamos desde la psicología. Quizá se espera una conexión permanente en whatsapp y email o se tiene muy mal  ambiente con compañeros/as o superiores. Quizá la empresa está pasando un momento crítico. Quizá no se tiene un rol o responsabilidades claras. Entre otras cosas.

Existen muchas condiciones que sí, dependen en parte de las acciones individuales, pero también son resultado de las nuestras relaciones y de nuestro contexto. Somos la suma de factores personales y factores ambientales. Si las condiciones tienen determinado nivel de precariedad, perjudican nuestra salud. Un lugar de trabajo no debe enfermar.

Y es un error pensar que la única solución está en nuestras manos exclusivamente, buscando qué puedo hacer mejor  para adaptarme, tener una relación positiva y ser productivo/a. Cuando ésto ocurre,  frecuentemente se opta por conectar y sobretodo desconectar intensamente y con drogas si es necesario, sean legales o ilegales.

El refrán popular nos dice que “no se puede estar en misa y repicando”. Mientras estamos atendiendo a los síntomas del síndrome o de nuestro día a día y sobretodo a cómo adaptarnos, podemos estar perdiendo de vista otras cosas. Que quizá otros factores además de nuestra actitud y capacidades están teniendo algo que ver de manera importante en nuestro malestar. Y también que nuestra estrategia no está funcionando, si consiste en confiar en un período de desconexión que -intentamos- total con tal de cargar pilas de todo lo acumulado en un año.

La capacidad de adaptación de las personas a situaciones adversas es absolutamente impresionante, pero también tiene un límite que es importante intentar no traspasar. Adaptarse demasiado también es malo para la salud. En ocasiones es más necesario levantar la cabeza, ver qué ocurre alrededor del metro cuadrado que ocupo yo físicamente y ver si deberíamos tomar decisiones más allá. Si podemos y aunque no tengan un resultado inmediato. Una primera decisión pasa por combatir el sentimiento de culpa por no habituarnos lo suficientemente bien. Y posteriormente empezar a ver qué nos está indicando ésta ansiedad, además del “no me estoy adaptando“.

En conclusión, los consejos van bien si…

Si no tienes ansiedad ni angustia, si no tienes insomnio, ni vértigos ni cefalea, si no estás excesivamente irritable ni triste ni estás teniendo ninguna de las situaciones que he explicado antes en tu entorno de trabajo (vamos, que en 5 minutos se te pasa i ya) . Entonces, te irá bien:

  • – Priorizar aquello urgente sobre aquello importante. Apuntarte cosas que no quieras olvidar.
  • – Tener presente que al principio te costará madrugar y/o dormirte a la hora habitual, pero paciencia.
  • – Tener presente que en 2 días no podrás hacer el trabajo de 2 semanas. Y quizá tampoco los primeros 2 días podrás hacer el trabajo de éstos 2 días.
  • – Saber que poco a poco puedes ir recuperando hábitos cotidianos de alimentación. Y si hacías actividad física, ir recuperándola poco a poco y con calma.

Y sobretodo, tener presente que si no tienes ganas de estar siempre optimista ni tener actitud positiva, tampoco pasa nada. No es un síndrome. Es el capitalismo. y tener también presente que aunque nuestro trabajo nos guste e incluso sea vocacional, normalmente se está mejor de vacaciones, donde vas a parar.

Foto de Lina Kivaka desde Pexels
Foto de Avinash Singh desde Pexels

 

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